24 feb. 2009

El Duelo, de Dario Ergas




La presencia

A estas alturas de mi vida ya puedo sacar una constante respecto a las presencias que se experimentan frente a la cercanía de la muerte. La presencia de la persona amada en los días, semanas y hasta meses, posteriores al día de la muerte es una experiencia difícil de relatar.

No estoy sólo, ella está por ahí, mas bien por aquí y me acompaña donde vaya. Poco a poco esa presencia se va diluyendo, pero sin darme cuenta, en cualquier momento, un olor, un gesto, un algo, hace que se entrecrucen los tiempos y estoy en presencia de la presencia. Algo así como un fantasma. Digo a esta altura de mi vida, porque lo he podido experimentar en distintos funerales. No sólo en el de mi pareja. Allí estaba la presencia de mi abuela, de la Nona, de la Ena, de la mamá del Oscar, de la Peli, del Salva, a veces puedo sentir la presencia del Mauricio cuando estoy cerca de Gloria, su mamá, del Iván, la María del Carmen en Ecuador... Las presencias, pueden ser ilusiones sicológicas, pero ilusión o no, en los momentos posteriores a la ocurrencia de la muerte, allí está esa presencia. Prefiero hablar de presencias y no de fantasmas. Un fantasma me da la idea que de algún modo el muerto interactúa en el mundo físico. Mis presencias para nada, sólo están presentes, el ambiente está lleno con ella, no están en un lugar físico, sino que me acompañan en todos los espacios en que me muevo. Son tan fuertes, que siento la cercanía de esa persona fallecida, con más intensidad que a los vivos, cuya presencia física está allí y me tropiezo con ellos y me conversan y me interrumpen.

El aparecimiento de los antiguos temores
Esa presencia no me molesta al contrario, quisiera que no se fuera jamás. Pero el tiempo pasa y algo me dice que debo dejarla partir. Algo me dice que no está bien que la retenga. Si me resisto y la retengo, algo empieza a afectarse en mis relaciones cotidianas, en mis afectos del día a día empiezan a perder interés o intensidad. Algo deja de funcionar, entonces me armo de ánimo para despedirme de mi persona amada.

Experimento entonces una fuerte contradicción, porque no quisiera que se vaya, pero pertenece a otro mundo; no puedo vivir en este mundo con eso tan presente, y mi ser querido tampoco podrá continuar su proceso conmigo reteniéndolo en el aquí, en el ahora.

“No quiero que te vayas, no quiero que te vayas. Tengo miedo. Quién me ayudará a decidir la ropa que debo ponerme, existirá alguna mujer con la que me atreva a hacer el amor, tan sólo proponérselo me da pánico. Podré cuidar a mi hijo, seguro que sí, pero podré hacer alguna otra cosa aparte de cuidar a mi hijo”.

Cuántos conflictos aparecen cuando se va la persona amada. Todos los conflictos que con mi madurez había superado, allí están de nuevo como si volviera a la adolescencia. Entonces me doy cuenta que no estaban superados, estaban ocultos o compensados gracias a esa persona que partió de este mundo. Esa dificultad para tomar decisiones en cuestiones cotidianas, las tomábamos juntos, pero al no estar ella, la indecisión vuelve como si tuviera 18 años. Entonces sufro, pero sobre todo sufro por los temores que resolvía, sin yo darme cuenta, la persona amada.

El resentimiento
Entonces me enojo, me enfurezco y me resiento. Cómo te vas y me dejas sólo. En el resentimiento descubro que mi enojo no se debe a tu partida, mi enojo se debe a mis problemas, que no se como enfrentar, a eso que no se resolvió internamente, sino que el otro lo resolvía y por ello yo creía que esa problemática había desaparecido.
Allí está develado mi resentimiento, que no es con su partida, sino con mis propios problemas, que ahora decido enfrentar. No importa si los resolveré algún día, pero lo intentaré y los pondré ante mis ojos para lograrlo. Entonces agradezco, por la ayuda que me dio la persona amada, y también por la ayuda que me sigue dando ya que al no estar ella, yo tendré que crecer.

Los pactos con el mas allá
Pero hay pactos que continúan. Pactos que la muerte no detiene y continúan. Pactos tomados en vida y que ahora tenemos con el mas allá. ¿Estaré educando bien a mi hijo, a nuestro hijo? ¿Te sentirás orgullosa de lo que hemos hecho? ¿He cuidado bien a los tuyos?
¿Te seré desleal si encuentro una nueva pareja?

La repetición

He aquí el duelo:
La presencia… y la vida continúa.
Mis problemas de juventud que vuelven a aparecer… y la vida continúa.
Mi enojo por tu partida… y la vida continúa.
Los pactos que trascienden la muerte… y la vida continúa.
La vida continúa y pasa y a veces el sinsentido me envuelve.
La vida continúa y pasa y a veces todo esto se repite como si un alimento mal comido regurgitara.

En esta repetición me detengo un momento a reflexionar. Qué es realmente la muerte, que sentido tiene la vida, si todo termina con la muerte. ¿Termina todo con la muerte?

Lo trascendente

De repetición en repetición un día nos reunimos un grupo de amigos a intercambiar nuestras experiencias con nuestros duelos. Fue en Sao Paulo, en un restauran japonés. Uno por uno mis amigos relataron sus encuentros con sus seres queridos fallecidos. Escucharon bien, “encuentros con sus seres queridos fallecidos”. Encuentros que habían sucedido en sueños, otros como mensajes o como comprensiones indubitables y otros encuentros bastantes perceptuales por los relatos que hacían. Yo los escuchaba y me desestabilizaba.

Entonces me acordé en una de esas repeticiones del duelo en que me encontré en un profundo sinsentido. Estaba muy mal, no sabía como salir del hoyo en que me encontraba.
Despierto en medio de la noche, me siento en la cama y escucho la voz del ser querido que dice “conecta con el sufrimiento humano”. Me pareció escuchar su voz, como viniendo de afuera. No me pareció una voz interna, si no mas bien externa. Pero por supuesto que era un sueño, sólo que mas intenso que lo habitual. Al otro día la frase resonó en mi y fui siguiendo esa pauta que me reconectó con mis emociones, con la gente y con el mundo hasta sacarme del sinsentido.

Lo había olvidado, lo dejé guardado en el archivo de lo habitual y ahora, a la luz del cotejo de otras experiencias lo rescaté del olvido.
Volví de Sao Paulo decidido a tener un encuentro intencional con mi ser querido muerto hace años. Comprendí que era necesario ese encuentro para mi duelo, para ponerle fin, o al menos para pasar a otra etapa.
Me fui a un lugar tranquilo, afuera llovía a cántaros, adentro, una silla, un cuaderno, un lápiz y la soledad. Pienso en que preguntas me gustaría hacerle a esta persona querida, si me encontrara verdaderamente con ella. Cierro los ojos, estoy muy tranquilo, y dejo que mi imaginación me lleve a ese lugar en donde la puedo encontrar. Allí un mirador que abarca el valle y la montaña. Me acerco, saludo, se que es mi imaginación pero me conmuevo. Las lágrimas de mis ojos, nublan mi razón y ya no estoy tan seguro si es mi imaginación.
Pregunto en voz alta mi primera pregunta y ella responde. Mi segunda pregunta y ella responde, sigo haciendo preguntas en voz alta y escuchando respuestas en silencio. A veces escucho mi llanto, a veces de dolor, a veces de emoción. Ya agotado con el alma liberada, me despido.

Tomo mi cuaderno y anoto toda la experiencia.

Fue o no fue mi imaginación o capté algo trascendente que respondía mis respuestas. En todo caso, esta experiencia me hizo perder un poco la fe en la muerte y fue el inicio de una búsqueda de lo trascendente.

Dario Ergas
www.darioergas.org